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Bitácora de Néstor Tkaczek


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  martes, noviembre 24, 2009
EL AMAZONAS II



               


Dejamos en la columna anterior a Francisco de Orellana, el primer hombre blanco que navegó el río Amazonas y quien le dio ese nombre, para adentrarnos ahora por sus aguas literarias o las de sus afluentes.


               No podía faltar en esta mención algunas novelas del escritor peruano Mario Vargas Llosa. En su segunda obra, “La casa verde”, una parte de la historia tiene como ámbito la selva amazonas, sus habitantes, sus pueblitos y por supuesto el río, en este caso el Marañón, que algunos kilómetros después se une con el río Ucayali, para dar origen al Amazonas.  En Santa María de Nieva, en ese pueblito transcurre parte de la historia de las pupilas indígenas que una vez trasplantadas al territorio “civilizado” terminan de sirvientas o prostitutas, y añoran volver a su mundo selvático. Tanto el Marañón como el río Nieva son centrales en la novela, son escenarios móviles por los que navegan infinidad de personajes, entre ellos Fushía, un contrabandista y saqueador. El desplazamiento por el Marañón de Fushía y Aquilino desde la isla situada en el río Santiago hasta el lazareto de San Pablo, tiene una duración de treinta días, sin embargo ese viaje en el que se despliega toda la vida del delincuente es también un viaje mítico y transforma al río en un símbolo.


               “Pantaleón y las visitadoras” es otra de las novelas del escritor peruano que tiene como eje excluyente la ciudad de Iquitos, sus lugares, su clima, el río Amazonas y sus afluentes. Por esos ríos se desplaza el barco que lleva a bordo el servicio de visitadoras del ejército (prostitutas) a cargo del capitán Pantaleón Pantoja, van rumbo a las guarniciones más alejadas en medio de la selva amazónica.


               También otro narrador peruano, Ciro Alegría, en su novela “La serpiente de oro”nos habla de su atracción por el paisaje selvático y su gente: “Quería que el personaje central fuera el «Marañón» mismo, presidiendo la vida de los balseros y gentes de aquellas regiones, presentada en cuadros rápidos de los cuales el nexo fundamental sería el río”.


               El narrador colombiano William Ospina se ha propuesto escribir una trilogía sobre el río Amazonas, sustentada en una rigurosa investigación histórica. Ya publicó Ursúa, (2005) basada en la figura del conquistador Pedro de Ursúa, quien repitió casi veinte años después la ruta de Francisco de Orellana, pero no tuvo un buen final ya que fue traicionado y asesinado por Lope de Aguirre. La novela, narrada por un amigo fiel seis años mayor que el protagonista, cuenta con lujo de detalles el mundo amazónico. El año pasado se publicó la segunda novela titulada “El país de la canela”. La trilogía no respeta el orden cronológico, ya que es esta novela la que debería iniciar la zaga, porque en ella se relata el descubrimiento del río Amazonas. 

            La lista es bastante extensa, pero no nos proponemos un inventario, rescato una obra a modo de homenaje, “La vorágine” en la que se retrata como pocas veces la selva, sus ríos y sus personajes; y otra a modo de curiosidad: “La jangada. 800 leguas por el Amazonas” de Julio Verne, quién jamás salió de Francia.



Néstor Tkaczek     12:40 AM    


  lunes, noviembre 09, 2009
EL AMAZONAS


Mi ojo lo ha visto todo. Todo lo que jamás pudieron imaginar mis padres, hermanos y parientes allá en Trujillo. Con este solo ojo he visto más que la mayoría de los españoles que esperan amojonados en sus pequeñas casas de sus pequeñas propiedades, que nosotros, los hombres con destino de grandeza,--los nuevos Aquiles--, les llevemos parte de la maravilla que nos toca y plata y oros... y cuentos, historias en qué avivar su imaginación menguada.

No ha mucho que he llegado a Cubagua con un manojo de hombres de los miles que traía. Esta aldea prodigiosa nos ha dado sustento y he repuesto mis fuerzas apenas sostenidas por mi orgullo y mi juventud. Han sido muchos los años en medio de un territorio hostil y grandioso. Sé que mi vida de ahora en más será una contemplación de mi hazaña. Quedarán estos escritos y unos pocos testigos de tan inigualable aventura.

Mi bergantín, (ahora anclado allá en la costa), el “Victoria”, es una prueba irrefutable de tamaña empresa. Él mismo ha sido construido con árboles que nunca han sido vistos en España, de troncos que bien pueden ocupar las dimensiones de un corral de ovejas y de una altura que va más allá de la peña de Clavijo. Árboles nacidos en un lugar donde el sol no puede llegar y la lluvia es eterna. Ese mundo descomunal de vegetación y agua, pudo entrar en mi ojo, para que la memoria y la mano que ahora le obedece lo puedan resguardar.

Este ojo ha surcado un río que es el padre de todos los ríos, y que su desborde podría inundar a la mismísima España, otros ríos lo alimentan con aguas verdes, celestes, negras, ríos pequeños parecen y sin embargo traen más agua que el Ebro y el Duero juntos. Nadie podrá sacarme este privilegio: ser el primer hombre civilizado que navegó por sus aguas, aunque ese intento se haya llevado las tres cuartas partes de mis soldados y de los salvajes que me acompañaban y también el sueño de encontrar el país de la canela.


En sus aguas he visto los peces más extraños, alimañas surgidas del averno, y verdaderos monstruos acuáticos, y pájaros del tamaño de un hombre y de colores que harían palidecer al arco iris. Palidezco, yo, Francisco de Orellana, un valiente, ante el grito de las guerreras que asomaron en un recodo del río. Luchamos cuerpo a cuerpo con estas mujeres que los antiguos ya conocían, las amazonas. Palidezco cuando me toco la cicatriz en el hombro izquierdo y la cara de fiereza de la mujer que arrojó la lanza. Allí perdimos demasiados hombres y pudimos huir con la corriente favorable. El río de los ríos no tiene nombre, le llamaré Amazonas, en honor de estas mujeres a las que un día quiero enfrentar otra vez.

Este ojo lo ha visto todo, pero no se cansa y quiere volver al Amazonas. Y volveré, lo juro; lo digo yo, Francisco de Orellana, a pocos días de la Natividad del Señor del año mil y quinientos cuarenta y dos.



Néstor Tkaczek     9:49 PM    


  martes, octubre 20, 2009
AGUAS INFERNALES





            Mucho trabaja Caronte cruzando almas por la laguna Estigia; pero quién sobrevive hoy con un solo empleo. Así el barquero—según los griegos—también cruza las almas a través del río Aqueronte que a diferencia de la Estigia, sí tiene una ubicación geográfica concreta. Este río se encuentra en la región del Épiro, al noroeste de Grecia. Es un río irregular y en algunas regiones sus aguas son subterráneas. Es posible que gracias a esta característica se le haya atribuido ser el camino hacia el mundo de los muertos. Hay otros ríos que también están asociados al otro mundo, como el Flegeton "Horrible" y el Leteo "que da olvido", sobre el que volveremos si no me tocan sus aguas.
               También el Aqueronte tiene una larga historia literaria, aunque antes debo decir que el río tiene la particularidad que nada flota en su superficie salvo la barca de Caronte, lo que se dice una  verdadera explotación monopólica. En el “Fedón”, Platón lo considera el segundo río del mundo; pero el Aqueronte y su barquero deben también su fama a la creación singular de Dante Alighieri, la “Divina Comedia”. En el canto III del Infierno, nos encontramos con el río y su personaje ya cristianizado“... y hasta llegado al río (Aquerón) hablar no quise./ Y entonces fue cuando a nosotros vi venir/ en barco un blanco viejo por antiguo pelo/ gritando: ¡Ay de vosotras, almas perversas!/ ¡No esperéis ya más de ver el Cielo!/ Aquí vengo a llevaros a la otra orilla/ a las tinieblas eternas, al calor y al hielo”...
               Hay un cuento del notable poeta mejicano José Emilio Pacheco que se llama “Aqueronte”, en el relato dos jóvenes que nunca se han visto y es posible que jamás se vuelvan a ver están a punto de conocerse, pero uno de ellos no cruza el río de su timidez y la muchacha se va del bar y el encuentro no se produce. Julio Herrera y Reissig titula uno de sus cuentos “Las aguas de Aqueronte”, en él su protagonista, Rodolfo, quiere morir a toda costa y sus amigos, ya cansados de tanta insistencia, le suministran morfina para que en su delirio crea que ha cruzado el río de la muerte.
               Para algunos el Aqueronte desembocaba en el Averno, un lago oscuro e inmenso. Es frecuente en la mitología que haya lagos generalmente sulfurosos que en su fondo abriguen al mismísimo infierno. Así lo vemos en el “Libro del caballero Zifar”, escrito en la baja Edad Media española. Uno de los episodios más famosos es el del “Caballero atrevido”.  La señora del lago engaña a quienes se acercan a sus aguas. El caballero atrevido sucumbe a los encantos de la dama y esta lo arrastra al fondo del lago. Luego de una serie de  peripecias y de hechos asombrosos, el caballero es expulsado y se descubre que la dama era el diablo en persona. Estos lagos infernales eran frecuentes en la literatura artúrica y el Quijote también los incluye y los parodia.
               Dejo de surcar estas aguas infernales, ya es tiempo de emerger y disfrutar de la luz y de este otoño patagónico.






Néstor Tkaczek     3:36 PM    


  miércoles, octubre 07, 2009
El Mississippi


Los ríos fueron y serán esenciales en la historia de los pueblos. Inevitablemente muchos de esos ríos también tienen una tradición literaria, aunque no todos; o si la tienen uno no la conoce, ya sea porque su literatura no es prestigiosa y por ende no llega a determinados mercados editoriales, o bien porque su lengua es minoritaria y existen pocas traducciones, y... las causas de este vacío pueden ser numerosísimas.

Sí hay un río que tiene una larga tradición literaria, el Mississippi. Sus aguas son una espina dorsal de Estados Unidos a lo largo de casi cuatro mil kilómetros. En su desembocadura, en el golfo de México, forma uno de los deltas más grandes del mundo. Su historia está unida no sólo a lo literario sino también a lo musical. Es el río del blues y del jazz.

Y es el río de Mark Twain (1835-1910), el célebre autor de dos grandes novelas sobre el Mississippi: Las aventuras de Tom Sawyer (1876) y Aventuras de Huckleberry Finn (1884).


El río apenas lo vislumbrábamos en los grabados que acompañaban las novelas de la célebre colección Robin Hood. Durante muchos años el Mississippi fue para mí un río de la imaginación, hasta que lentamente fue corporizándose en enciclopedias, textos geográficos y hoy con su patente realidad que llega desde la pantalla de la computadora.

Pero volvamos a este escritor sureño tan influenciado por el río en su obra y en su vida, ya que fue piloto de los conocidísimos barcos de vapor, experiencia que será descripta en un texto autobiográfico titulado Vida en el Mississippi (1883). Además utiliza como seudónimo una expresión que usan los marinos para indicar el calado mínimo de navegación en el río. Sin contar el conocimiento y el uso realista de los varios dialectos que se hablan en sus riberas.

Tom Sawyer es un personaje del que no me interesa hablar desde mi competencia letrada; de él hablo desde el recuerdo, desde la nostalgia, porque Tom es el niño que todos hubiésemos querido ser en nuestras siestas patagónicas, lejos de los ríos, zaheridos por el sol y picados por el viento.

El niño salvaje y aventurero, que desdeña las obligaciones y aprecia a sus amigos, el niño cuyo ingenio nos asombraba y nos hacía reír. El niño de un mundo que imaginábamos perfecto y del que nosotros -ya con un esbozo de vello en la cara- lentamente nos íbamos despidiendo.

Varios años pasan hasta que Mark Twain escribe la vida del amigo de Tom, llamado Huckelberry Finn. El tono ha cambiado y es el propio "Huck" quien cuenta su historia; ya no es una obra tanto para jóvenes, sino que la intención de Twain va más allá y se propone desde la mirada del muchacho dar una visión crítica sobre la sociedad estadounidense, sobre todo la sureña.

También aquí el Mississippi tiene una preponderancia central y moldea el habla y las costumbres de sus pobladores. Sobrevuela en sus páginas un tufillo a desencanto, a confianza perdida.

Mark Twain escribirá muchas obras, tendrá fama y poco dinero, vivirá en el Este rico; y sin embargo son estas dos obras las que lo han salvado para la posteridad, las que siguen vigentes, como el río que cruza por sus páginas.



Néstor Tkaczek     9:06 AM    


  sábado, septiembre 26, 2009
LA LAGUNA ESTIGIA




Sí, la laguna Estigia marca el límite, el umbral que una vez transpuesto ya no se vuelve, el viaje sin retorno, el final de nuestro derrotero sobre la tierra. Ubicada en un territorio impreciso, la laguna era la puerta de entrada al mundo de los muertos, al Hades, como lo llamaban los griegos. Según la mitología helénica Estige era una ninfa que ayudó a los dioses en su guerra contra los titanes y se le concedió la importancia de ser el puente entre este mundo y el otro.


Pero no debemos olvidar que también sus aguas tenían—paradójicamente—el poder de volver invulnerable a cualquier hombre que se bañara en ellas. Aquiles, al nacer, fue sumergido por su madre y sólo le quedó el talón sin ser tocado por el agua. Años después el héroe morirá de un flechazo justamente en ese lugar desprotegido. Se decía también que sus aguas eran pestilentes y venenosas.


Las almas de los muertos no pasaban solas la laguna, sino que un barquero se encargaba de conducirlas hacia el Hades, ese barquero era Caronte. En general la literatura lo presenta como un viejo malhumorado e inflexible, que cobraba a las almas por el viaje (de allí la antigua costumbre de enterrar a los muertos con una moneda en la boca o en los párpados) y que rechazaba a algunas porque sus cuerpos permanecían insepultos o no tenían el óbolo. Caronte no permitía a los vivos acceder a su barca y sólo lo pudieron hacer Heracles, Orfeo y Eneas según lo cuenta Virgilio en el libro VI de la “Eneida”.


La literatura ha utilizado profusamente a lo largo del tiempo la imagen de la laguna y la de su barquero. Luciano de Samosata, filósofo griego y creador de diálogos satíricos y morales que le han dado perduradera fama; presenta en uno de ellos llamado “El diálogo de los muertos” a un grupo de almas en las orillas de la Estigia, a punto de abordar la barca. Pero Caronte se queja de que el peso es mucho e invita a todas las almas a despojarse por completo para poder subir. Ninguna de ellas quiere quitarse la belleza, las medallas, los músculos, etc. Con pasajes realmente hilarantes el diálogo es una muestra de lo poco que sirve ante la muerte, las vanidades, grandezas, fortunas, vicios y debilidades humanas.


Alfonso de Valdés, secretario del emperador Carlos V, compuso el “Diálogo de Mercurio y Carón” en el que los dos protagonistas, ya cristianizados, se encuentran a la orilla de la laguna e interrogan a las almas que llegan. En la obra se denuncia la intolerancia religiosa, la soberbia eclesiástica, la ambición, el espíritu belicoso y se exalta la obra política del Emperador.


Garcilaso en la Égloga III, también hace mención al “Estigio lago” y cómo olvidar los versos de Machado que dan digno final a esta columna: Y cuando llegue el día del último viaje,/ y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,/ me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,/ casi desnudo, como los hijos de la mar”.

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Néstor Tkaczek     9:12 AM    


  miércoles, septiembre 16, 2009
HOMERO Y EL AGUA



Bucear en la literatura clásica las relaciones entre esta y el agua es adentrarnos en un mar sin fondo. De ese inmenso piélago rescatamos algunas perlas valiosas y siempre vigentes.

Todo comienza en Troya, la ciudad mítica, edificada a orillas del río Janto, que cambiará su nombre cuando el joven Escamandro en un combate cae a sus aguas y, convertido en dios-río por Zeus llevará ese nombre para la posteridad. Con ese apelativo se conocen sus rojizas aguas en "La Ilíada", en aquel célebre pasaje del canto XXI que relata la furia de Aquiles por la muerte de su amigo Patroclo. Cuenta Homero que el héroe mató a tantos troyanos y sus caballos y los iba tirando al río, y que este, asumiendo figura humana, lo instó a dejar de matar troyanos, Aquiles lo desafió y el río quiso ahogarlo. Uno de los dioses acudió en ayuda del guerrero griego y ordenó a Escamandro que retornase a su cauce.

Muchos siglos después de aquella célebre transformación del río en un hombre, el español José María de Samaniego repite parte de la escena en clave paródica y subida de tono en un largo poema titulado “El dios Escamandro”. En él un astuto joven, Simeón, urde un plan para conquistar a una doncella que está lavándose con sus aguas, con voz tonante, mojado y con algas y plantas en la cabeza finge que es la personificación del Escamandro y por supuesto, la requiere de amores con un sinnúmero de promesas: “Por ti la forma de hombre/ me he gozado en tomar: nada te asombre./ Vuelve al río, dichoso/ en gozar de ese cuerpo delicioso,/ que aún más que su cristal puro es mi pecho./ Ven a dejar mi anhelo satisfecho;/ y en pago estas riberas esmaltaré de flores/ que huellen esos pies encantadores;/ y a ti y tus compañeras,/siempre que a ser mi esposa te resuelvas,/ ninfas haré del río o de las selvas...”. Ante tales proposiciones la ingenua cede.

También Ulises, el héroe de la “Odisea” debe luchar contra el agua durante toda su odisea, surcando el mar laberíntico, de isla en isla, perdido por años el camino hacia su tierra, Ítaca. Al final del canto V y luego del naufragio frente al país de los feacios, Ulises nada hacia la costa; pero hay un río que desemboca en ella y no lo deja llegar por lo intenso de su caudal. Perdido por perdido le suplica al río cómo si fuera un dios: "Óyeme, ¡oh soberano, quien quiera que seas! Vengo a ti, tan deseado, huyendo del mar y de las amenazas de Poseidón. Es digno de respeto aún para los inmortales dioses el hombre que se presenta errabundo, como llego ahora a tu corriente y a tus rodillas, después de pasar muchos trabajos. ¡Oh rey, apiádate de mí, ya que me glorío de ser tu suplicante!”. Cuenta Homero que el río disminuyó su corriente, apaciguó las olas y salvó a Ulises.

De la que nadie nos salva es del paso obligado por la laguna Estigia, antesala del mundo de los muertos, pero confiemos que la hora de surcar sus aguas está lejana.

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Néstor Tkaczek     10:55 AM    


  martes, septiembre 08, 2009
LITERATURA Y AGUA


La especie humana tiene una larga historia sobre la tierra, pero vaya paradoja, quizás nuestro origen, nuestra infancia en el mundo esté en el agua. Allí—dicen los que saben—está nuestro vientre materno, de allí salimos y un día dejamos ese líquido amniótico y pisamos la tierra y nos afincamos en ella. Pero no cortamos ese cordón umbilical y nos establecimos casi siempre cerca del agua. Sería impensable el desarrollo de las grandes civilizaciones humanas sin la presencia de ella. ¿Qué sería de la Mesopotamia y sus múltiples pueblos sin el Tigris y el Éufrates, de Egipto sin el Nilo, del Al-Andalus sin el Guadalquivir, de Cartago sin el Mediterráneo, de la India sin el Ganges, y tantos más?


Ya uno de los primeros filósofos griegos, Tales (640 a. C.), nacido en una de esas islitas periféricas que baña el Egeo, en Mileto, afirmó que el origen (arjé) de todo está en el agua. Esta afirmación la fundamentó en su observación de que el agua es el elemento primordial para la vida.


La literatura como nuestra vida, tiene una larga relación con el agua; y los pueblos desde sus primeras manifestaciones artísticas le han otorgado un espacio central en sus mitos y leyendas. En la mitología es frecuente la relación que existe entre el agua y la mujer, como dadora de vida. También el agua en estas historias aparece como purificadora, regeneradora, aunque a veces también es un sitio de muerte. Los espíritus que habitan en el agua suelen ser benignos en algunos casos y malignos en otros.


En el libro sagrado de los mayas, el Popol Vuh, en un comienzo sólo existían el cielo y el agua (mar), luego el dios Huracán dispuso la creación de la tierra y esta pujó desde el mar. La primacía del agua también aparece en una leyenda nigeriana que tiene como personajes al sol, la luna, su novia y el agua, estos vivían sin problemas en la tierra. El sol le reclamó al agua que lo visitara ya que él siempre la visitaba. El agua le pidió que construyera un lugar muy grande pues ella tenía muchos amigos. El sol y la luna así lo hicieron y cuando el agua los visitó inundó todo y para no morir ahogados buscaron ambos refugio en el cielo.


No debemos olvidar que las ninfas, esas deidades femeninas griegas, estaban generalmente ligadas al agua. Había ninfas en los mares y también en los ríos, lagos y fuentes. También las sirenas son seres acuáticos que subyugan a los marinos con sus cantos irresistibles, como el célebre pasaje que cuenta Homero en su Odisea. Ya olvidaba que Afrodita, la diosa del amor entre los griegos y romanos, nació del agua.


A veces también el fondo de los lagos o de los ríos es la morada de diosas malignas que mediante la seducción de su figura atrae a los hombres que pasan por sus riberas. En muchos casos, y relacionada con tradiciones celtas y nórdicas, estos lugares con agua ocultan en su fondo el mismísimo infierno.


La literatura y el agua tienen un largo fluir en nuestra historia. Navegaremos por ellas.

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Néstor Tkaczek     2:52 PM    




Palimpsestos

Esta columna se publica semanalmente en los diarios Rí­o Negro de la Patagonia argentina y La Mañana de Córdoba.
Escrita por Néstor Tkaczek.

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